Argentina y la disputa por el Sur en la era multipolar

El mundo ya no se ordena por consensos, sino por poder. Las grandes potencias disputan territorios, recursos y cadenas de valor. En ese escenario, la Argentina debe decidir si acepta una inserción subordinada o construye un proyecto nacional que vincule soberanía, producción y condiciones de vida.

PENSAMIENTO ESTRATÉGICO

Jorge Santarelli

1/17/202610 min read

Argentina y la disputa por el Sur en la era multipolar

Las grandes potencias ya no discuten valores universales ni grandes consensos. Discuten espacios, recursos, rutas y posiciones estratégicas. En ese tablero en movimiento, la Argentina enfrenta un dilema central: aceptar una inserción extractiva o construir una agenda propia que articule soberanía territorial, desarrollo productivo y bienestar social.

Tiempo de lectura: 10 min.

Por Jorge Santarelli | 17 de enero de 2026.

Estamos viviendo momentos intensos. De esos que nos obligan a frenar un segundo, levantar la cabeza y mirar el mundo con mayor atención. El orden internacional que durante años se presentó como previsible y reglado está entrando en una etapa distinta. Podríamos etiquetarla como más ruda, más directa y menos discursiva.

En ese contexto, las grandes potencias ya no discuten valores universales ni grandes consensos, por el contrario, discuten espacios, recursos, rutas, posiciones estratégicas. En definitiva, discuten mapas o mejor dicho la forma en que esos mapas organizan el poder, los flujos económicos y las condiciones de vida. Aunque pensándolo mejor, quizás esa siempre fue la discusión de fondo, pero no de manera permanente, siempre existieron períodos de equilibrio. Hoy ese equilibrio tambalea, el mundo vuelve a ordenarse a partir de disputas concretas, en donde el control del territorio se combina con la capacidad de ordenar economías y cadenas de valor. Por ende, es en este escenario donde las zonas extremas dejan de ser periferia y pasan a ocupar un lugar central.

Este texto intenta abordar ese proceso desde tres planos que se interrelacionan. En primer lugar, el regreso del poder duro en un sistema internacional cada vez más friccionado, con Estados Unidos, Rusia y China reposicionándose. En segundo lugar, cómo esa lógica vuelve a poner en el centro a los espacios australes, no solo por su ubicación geográfica sino por importancia estratégica, económica y logística. Por último, qué lugar ocupa hoy la Argentina en ese escenario, especialmente en relación a Malvinas, la Patagonia y la Antártida.

Lejos de ser un ejercicio académico con mirada neutral, esto es un intento de pensar el mundo desde acá, desde el sur, con los pies en la patria y con la soberanía como eje. El tablero está en movimiento y la pregunta es si Argentina está dispuesta a pensarse como actor o si acepta quedar reducida a un mero espacio funcional a decisiones tomadas por otros centros de poder.

El mundo vuelve a discutir mapas

Como se mencionó al principio, el mundo volvió a discutir mapas y nada quedó afuera. Las señales están a la vista. Las reuniones de Donald Trump con Vladimir Putin en Alaska y con Xi Jinping en Corea del Sur no fueron encuentros protocolares. Fueron decisiones cargadas de simbolismo y este tiene un peso muy importante al momento de enviar mensajes. Alaska nos remite al Ártico, a las rutas polares, a los recursos estratégicos del futuro. Corea del Sur nos marca el borde conflictivo del sistema asiático, un punto de contacto entre potencias que ya no disimulan su competencia.

Entonces, tenemos a las grandes potencias reuniéndose en los márgenes del mundo para redefinir el centro del poder, sin demasiados discursos, solo con los mapas -y sus intereses- sobre la mesa. Mientras tanto, ¿qué lugar ocupa el Sur en esta reconfiguración?

Cuando el Sur deja de ser periferia

El Atlántico Sur, las Malvinas, la Antártida y la Patagonia conforman un mismo sistema estratégico. No son temas separados ni debates aislados. Podríamos decir que funcionan como un engranaje que combina control marítimo, proyección logística, recursos naturales, profundidad territorial, siendo solo algunos de los ejes que constituyen dicho engranaje. En un mundo de tensión multipolar, ese conjunto deja de ser periférico y pasa a ser algo codiciado.

Las Islas Malvinas ocupan un lugar central en ese esquema. Ya no solo como símbolo histórico o de reivindicación patriótica, sino como base militar, nodo logístico y llave de acceso a la Antártida. En este contexto, algunos medios británicos comenzaron a deslizar escenarios inquietantes. Por un lado, un Reino Unido exigido, con compromisos crecientes en Europa, particularmente con el conflicto de Ucrania. Por el otro, un Estados Unidos con un Donald Trump pragmático y poco apegado a las alianzas tradicionales, que prioriza su interés estratégico por sobre los marcos multilaterales.

En ese marco, la pregunta aparece casi por sí misma: ¿qué impediría que Washington reordene el Atlántico Sur en función de su propia conveniencia? Este planteo no se trata de fantasía, sino de realismo dentro de un sistema internacional que está siendo cada vez menos previsible.

En el plano regional, las señales tampoco pasan desapercibidas. La victoria en las elecciones presidenciales de Chile por parte de José Antonio Kast reactivaron debates con Argentina que nunca se cerraron del todo: la Patagonia, la proyección antártica y el equilibrio estratégico austral. Si bien la afinidad ideológica con el gobierno argentino existe, la geografía y los intereses nacionales pueden pesar mucho más.

En este sentido siempre vale la pena recordar que los Estados no se mueven por simpatía, sino que lo hacen en base a intereses. Las doctrinas de seguridad se dictaminan en base a capacidades, oportunidades y ventajas estratégicas, no en afinidades personales. Por ende, confundir la cordialidad diplomática con la disuasión puede ser un error costoso.

En este punto, la pregunta incómoda es: ¿qué lugar ocupa hoy la Argentina en este tablero y qué herramientas tiene?

Argentina frente al tablero: ¿actor o espacio?

Vamos a decirlo con claridad. El problema del gobierno argentino -y de buena parte del arco político- tiene un doble asidero. Por un lado, parten de una lectura del contexto internacional que prioriza alineamientos ideológicos por sobre una estrategia basada en el interés nacional. Por el otro, renuncian a pensar en Argentina como un actor capaz de disputar poder.

En ese contexto, el gobierno de Javier Milei ha sido explícito con su alineamiento ideológico con Estados Unidos e Israel, respondiendo este a convicciones doctrinarias y no a una estrategia de defensa del interés nacional en sentido clásico. Eso explica muchas decisiones y muchas omisiones: declaraciones livianas sobre Malvinas, gestos de buena voluntad sin contrapartida concreta, desfinanciación del programa antártico, anuncio de derogación de la la ley de tierras, desfinanciación del Servicio Nacional de Manejo del Fuego, ausencia de una política clara de defensa y proyección soberana, y podríamos continuar enumerando.

El Estado argentino ha dejado de pensarse como actor geopolítico y empieza a funcionar -o viene funcionando- más bien como una plataforma, como un espacio disponible. En definitiva, no disputa, no condiciona ni tampoco fija una agenda. Estados Unidos busca ordenar el hemisferio occidental y ese dato ya no admite discusión. Argentina formando parte de ese espacio, no puede ignorar esa realidad, ya que eso sería sumamente ingenuo. Ahora bien, aceptarla sin condiciones también lo sería.

Sin soberanía económica no hay soberanía territorial

Esto no debe malinterpretarse, alinearse no implica desaparecer o resignar soberanía. El discurso de Trump sobre reindustrialización no es retórico. Se apoya en energía barata, protección de sectores estratégicos y recuperación del aparato productivo. Trump defiende su industria, su energía y su mercado interno sin complejos. Utiliza al Estado como herramienta para proteger su economía. Negocia desde una posición de fuerza.

Argentina podría pensar en algo similar: defender sus fronteras, reindustrializarse a partir de su energía abundante, su experiencia, su capacidad técnica y proyectar esa producción a la región (no todo tipo de productos, sino lo que sea competitivo, lo que tenga sentido estratégico).

Lo que no puede hacer Argentina es carecer de una agenda propia porque, cuando eso ocurre, el alineamiento se transforma en subordinación. Si lo que pretende Argentina es defender seriamente su lugar en el Sur, la discusión no puede agotarse en la política exterior formal o en gestos diplomáticos. La soberanía también se juega en el plano económico. Y, más específicamente, en la capacidad de producir.

Hablar de la cuestión Malvinas, de la Antártida o de la Patagonia sin hablar de industria, energía y mercado interno es quedarse a mitad de camino. Un país que no produce, que no transforma sus recursos, que no controla los eslabones básicos de su economía, negociará siempre desde una posición de debilidad.

China como límite estructural de un proyecto nacional

En este punto del desarrollo aparece un obstáculo que conviene nombrar sin rodeos: la relación con China.

Durante años se ha instalado la idea de que Argentina y China tienen economías complementarias. Ese argumento no es nuevo. En la década del treinta se dijo algo muy parecido respecto al Reino Unido con el Tratado Roca-Runciman, a partir del cual se defendió esa lógica. La cuestión siempre fue la misma: nosotros vendíamos productos primarios y ellos nos vendían manufacturas. El resultado fue una relación profundamente asimétrica, de dependencia, con déficit y con atraso industrial.

Con China ocurre algo muy similar. Argentina exporta materias primas sin valor agregado. China vende bienes industrializados, tecnología, productos de alto valor. La balanza comercial habla por sí sola. La supuesta complementariedad termina funcionando como freno a cualquier proyecto serio de reindustrialización.

Lo que planteamos no implica romper relaciones ni caer en esquemas dualistas. Implica entender los límites. Sin una política industrial propia, sin una protección inteligente de sectores estratégicos, sin energía barata orientada a producir, nuestra inserción internacional se vuelve meramente extractiva.

Pero el problema no es solo de los términos de intercambio o de la balanza comercial, es social. Porque si un país como Argentina resigna su capacidad industrial, también está resignando empleo calificado, salarios, tejido productivo y, en última instancia, condiciones de vida de su población. En cualquier orden económico -sea capitalista o sea socialista- el trabajo es el que ordena el nivel de vida. Por ende, eso obliga a definir políticas productivas, comerciales y estratégicas.

Esto las potencias como Estados Unidos o China lo entienden bien. Por ello, en algunos casos las disputas de poder podrán ser territoriales, en otros serán de índole comercial. En muchos podrán darse al mismo tiempo. Lo que en definitiva no cambia en el fondo es quién produce, para quién y bajo qué reglas.

¿Ser jugadores o aceptar la administración extranjera?

Para ir concluyendo, lo que se discute hoy en el mundo no es solo el control de espacios, sino quién decide cómo se organizan esos espacios y en beneficio de quién. Los mapas no organizan únicamente fronteras. Ordenan flujos económicos, cadenas de valor, empleo y estándares de vida.

Para la Argentina, tener una agenda propia pensada desde el interés nacional se traduce en algo muy concreto: generar condiciones para garantizar trabajo, desarrollo y bienestar a su pueblo. Si un país resigna esa capacidad de decisión -de soberanía- pierde no solo su margen de maniobra en el plano internacional, sino también acepta que otros actores puedan administrar su economía y, en última instancia, su futuro.

Las Malvinas no se recuperan con gestos. La Antártida no se protege con discursos. La Patagonia no se asegura con afinidades ideológicas.

Se defienden desde la producción, la industria y la energía, con trabajo orientado por un proyecto nacional que comprenda que la soberanía territorial y la soberanía económica son dos caras de la misma moneda.

El tablero ya está en movimiento. La pregunta no es solo qué lugar puede ocupar la Argentina en el mundo, sino si está dispuesta a jugar con reglas propias o a aceptar que otros manejen el juego.

Bibliografía, referencias documentales y créditos de imágenes

A continuación se detallan las fuentes periodísticas, documentos oficiales, material audiovisual y recursos gráficos consultados para la elaboración de este análisis.

Tensión regional y relación con Chile

Estados Unidos (Doctrina Monroe 2.0) y crisis del orden atlántico

Estrategia exterior argentina y disputa por la soberanía

Uso y crédito de imágenes

Las imágenes incluidas en este artículo pertenecen a sus respectivos autores y organismos. Se utilizan con fines informativos, analíticos y educativos. Las imágenes bajo licencia Creative Commons se reproducen respetando las condiciones de atribución establecidas por sus titulares.

  • Donald Trump y Vladimir Putin en Alaska.
    Imagen: Alaska National Guard, vía Flickr. Licencia Creative Commons.

  • Donald Trump y Xi Jinping en Corea del Sur.
    Fuente: Associated Press (AP News).

  • Mapa de los espacios marítimos chilenos.
    Fuente: Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada de Chile (SHOA).

  • Mapa político de la República Argentina y sector antártico.
    Fuente: Instituto Geográfico Nacional de la República Argentina.