¿Entre dos imperios? Argentina frente al nuevo orden mundial

EE.UU y China negocian las reglas del mundo que viene. ¿Cuál es el camino para Argentina cuando las dos potencias que la condicionan se hablan entre sí de forma pragmática y en búsqueda del poder?

PENSAMIENTO ESTRATÉGICO

Jorge Santarelli

6/3/202613 min read

¿Entre dos imperios? Argentina frente al nuevo orden mundial

EE.UU y China negocian las reglas del mundo que viene. ¿Cuál es el camino para Argentina cuando las dos potencias que la condicionan se hablan entre sí de forma pragmática y en búsqueda del poder?

I. El jardín y los árboles

La mejor forma de introducir el escenario internacional actual es prestar atención a una imagen reciente: Xi Jinping y Donald Trump paseando por el jardín de uno de los palacios imperiales de Beijing. En su recorrido el mandatario chino se detuvo a señalarle a su par los árboles que los rodeaban, algunos de trescientos, cuatrocientos y hasta quinientos años de antigüedad. Con ese gesto -que no fue casualidad- estaba enviando un mensaje de que esos árboles son más viejos que la nación más poderosa del siglo XX. Es decir, de forma muy elegante y contundente le dijo: la civilización china antecede, sobrevive y piensa en escalas de tiempo que Estados Unidos difícilmente pueda comprender.

Como decíamos anteriormente, el gesto no fue casual, como tampoco lo fue la condecoración que Xi le otorgó a Vladimir Putin con sus propias manos, colocándole el collar más alto en jerarquía que el Estado chino puede otorgar a una persona. El mensaje, en ese caso, era igualmente calculado: Rusia es socio estratégico y, ante el mundo que se está configurando, China elige a sus aliados con claridad.

Más allá de las anécdotas diplomáticas, que siempre son enriquecedoras por su fuerte simbolismo, debemos interpretar estas como síntomas de una reconfiguración profunda del orden internacional. El mundo unipolar que emergió con la caída del Muro de Berlín en 1989 —y que muchos analistas empezaron a poner en duda tras la crisis financiera de 2008— está llegando a su fin. Lo que está surgiendo en su lugar está lejos de ser un multipolarismo teórico ideal. Es algo mucho más complejo, con más inestabilidad y, para países como Argentina, más cargado de oportunidades y desafíos al mismo tiempo.

II. La trampa de Tucídides y la era nuclear

Fue el politólogo norteamericano Graham Allison quien acuñó el concepto de "trampa de Tucídides" para describir el patrón histórico que se repite cuando una potencia emergente amenaza el lugar de una potencia dominante. Su trabajo analizó que en doce de los dieciséis casos que estudió en los últimos quinientos años, el resultado fue la guerra. La referencia a Tucídides es por el historiador ateniense que documentó la Guerra del Peloponeso entre Atenas (potencia emergente) y Esparta (potencia dominante).

"Salgamos de la trampa de Tucídides", le dijo Xi Jinping a Trump. La frase además de ser un llamado a la prudencia, es también un reconocimiento implícito: China es la potencia que emerge, Estados Unidos la que declina. La pregunta es si esa transición puede ser gestionada sin un conflicto abierto.

La gran diferencia de nuestra época y que cambia este patrón histórico es la existencia del armamento nuclear. La lógica de destrucción mutua asegurada —que los estrategas llaman MAD (Mutual Assured Destruction) por sus siglas en inglés— introduce una restricción que no existía en ninguno de los ciclos hegemónicos anteriores. Según esta perspectiva un conflicto directo entre potencias nucleares no tiene ganador posible, lo que obliga a que la competencia se desplace hacia otros aspectos: económico, tecnológico, cultural, simbólico. Esto, paradójicamente, abre márgenes de maniobra para los países como Argentina.

El mundo multipolar que está emergiendo es uno donde la concentración absoluta del poder resulta más difícil. Como señaló Putin explícitamente en su último encuentro con Xi: "Es la era del orden multipolar".

III. El patrón argentino: alinearse con el ganador

Si hacemos un rápido repaso por la historia de la política exterior argentina, podremos ver una marcada tendencia a adaptar nuestra posición a la correlación de fuerzas global del momento, careciendo de una estrategia de Estado que trascienda los gobiernos. Es cierto que faltaríamos a la verdad si no reconociéramos excepciones históricas donde sí hubo continuidad. Causas como el reclamo irrenunciable de soberanía por Malvinas y el Atlántico Sur, el respeto y la defensa de la soberanía y la no intervención en asuntos internos -consagrada en la Doctrina Drago de 1902-, el fomento del desarme y la no proliferación nuclear, o la propia existencia del Mercosur desde 1991, funcionan como verdaderos ejes de Estado.

Perón lo decía con una claridad que sigue siendo actual: "la verdadera política es la política internacional". Porque si algo caracterizó a la política exterior argentina no fue la continuidad ni la visión estratégica, sino exactamente lo contrario. Existe una tendencia a adaptar la inserción internacional a la correlación de fuerzas del momento, según qué potencia llevaba las de ganar, y —lo que es más grave— según qué sector interno se beneficiaba con ese alineamiento.

El patrón inicia antes de que Argentina fuera Argentina en su forma moderna. Ya durante los primeros años independientes, el debate sobre qué tipo de inserción internacional debía tener el país estuvo presente. Manuel Belgrano fue uno de los primeros en plantearlo con claridad. En su Memoria presentada al Consulado en 1802, advertía que "todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse", y que "la transformación que se da a la materia prima le da un valor excedente al que tiene aquella en bruto, el cual puede quedar en poder de la Nación que la manufactura". Belgrano había estudiado a Adam Smith y entendió que el verdadero valor lo genera el trabajo que transforma y no la naturaleza que solo provee y que el país que se limita a vender lo que extrae de la tierra está condenado a enriquecer al que se dedica a procesarlo.

Con la consolidación del Estado nacional bajo la Generación del 80, Argentina profundizó el esquema primario exportador y se insertó en el mundo como proveedor de materias primas para las naciones industrializadas, en particular para Gran Bretaña. El modelo agroexportador (1880-1930) fue no solo una elección económica sino también una elección política y geopolítica. Los terratenientes pampeanos y los inversores ingleses eran los beneficiarios directos del sistema y detentores del poder. La política exterior fue, en consecuencia, una proyección de ese esquema en el cual Argentina se alineó con Londres porque éste era el centro del mundo, porque sus capitales financiaban el ferrocarril y porque sus mercados compraban la producción agropecuaria.

El cambio de hegemonía mundial después de la Segunda Guerra desplazó el centro de poder de Londres a Washington, y la política exterior argentina fue actualizando ese alineamiento con distintos grados de convicción y conflicto. Pero el patrón de fondo permaneció con cada administración que establecía su inserción según su ideología, sus urgencias financieras, las afinidades del ejecutivo de turno y los intereses de los sectores que la sostenían.

El caso más paradigmático y no tan lejano de este patrón es el de Carlos Menem. Cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y quedó claro que la supremacía norteamericana era el único horizonte visible, Menem se alineó con Washington de manera casi inmediata y sin condiciones. Ejemplos sobran: el envío de tropas al Golfo Pérsico, el desmantelamiento del programa misilístico Cóndor II, el abandono del Movimiento de Países No Alineados y adopción del Consenso de Washington como libro sagrado. El alineamiento fue ideológico, sí, pero sobre todo fue la expresión de una lógica mucho más profunda: la de apostar a la potencia de turno como estrategia de inserción.

Lo que el menemismo revela es el pragmatismo y la ausencia de una política exterior de Estado, construida sobre intereses nacionales permanentes, independiente de quién gobierne. Sin esa base, cada cambio de gobierno se convierte en un giro de timón que destruye lo anterior. Es como si Argentina fuera Sísifo, condenado a empujar su piedra cuesta arriba en un ciclo infinito. En la actualidad Milei repite la estructura menemista pero con mucho ruido y pocas nueces, esto es expresando un rechazo ideológico explícito a China y encolumnandose en la cruzada de Trump, mientras las relaciones comerciales con ese país se profundizan producto de la cada vez más creciente apertura comercial de su gobierno.

El problema del alineamiento automático es consecuencia de que Argentina nunca pudo construir una política exterior que responda a un análisis sostenido del interés nacional de largo plazo, y cuando en ciertos períodos pudo hacerlo, ese proceso fue siempre truncado y se volvió al esquema basado en intereses sectoriales y presiones externas. En este momento, en un mundo que se encuentra en una profunda reconfiguración, esa ausencia de brújula estratégica se convierte en algo muy peligroso para nuestra soberanía y desarrollo.

IV. El mundo multipolar como acuarela: diversidad, soberanía y margen de maniobra

Pensar el mundo multipolar como una gran acuarela —donde cada nación representa un color con sus propios tonos, donde habrá más afinidad entre algunos colores y más distancia entre otros, pero donde todos coexisten en la misma obra— es una imagen útil porque nos dice que la multipolaridad no es solo una estructura de poder. Es también una forma de entender la diversidad política, cultural e identitaria del mundo.

En esa línea, el Papa Francisco ofreció otra metáfora muy esclarecedora: el mundo poliédrico. Se trata de una figura geométrica con múltiples caras, cada una con sus propias características, pero todas integradas en dicha figura y no una esfera uniforme donde todo converge en un solo punto. Como podrán observar la diferencia conceptual respecto a la lógica imperial es contundente, ya que el imperio exige alineamiento y produce homogeneización. En cambio el mundo poliédrico, como el multipolar, admite la diferencia y la convierte en una condición necesaria.

Esto -para Argentina- importa porque la multipolaridad, lejos de ser una amenaza al nacionalismo, lo fortalece. El nacionalismo entendido no como la exclusión o la hostilidad hacia otros pueblos sino como defensa de la soberanía, la cultura y la autodeterminación, que encuentra en un mundo con varios centros de poder un entorno más favorable que en uno donde un único hegemón dicta las condiciones. Cuando hay múltiples polos que se controlan y se necesitan mutuamente, un país con recursos estratégicos tiene más margen para negociar, para decir que no y para buscar socios alternativos.

Existe incluso una dimensión económica que no deberíamos pasar por alto. En la lógica de dominio imperial, la libertad de negociación desaparece, dado que el hegemón puede fijar las condiciones, los precios e incluso los socios comerciales permitidos. En un mundo multipolar, esa capacidad de condicionamientos se reduce y la de negociar se multiplica. Y en términos capitalistas una economía mejora cuando hay una mayor posibilidad de elegir con quién intercambiar y en qué términos.

V. La inserción que Argentina necesita: soberanía, industria y pluralismo

Cualquier análisis serio de la inserción argentina en el nuevo orden internacional debería partir de la premisa que Argentina no puede negociar de igual a igual si no construye primero las condiciones internas que hagan posible esa negociación. Esas condiciones no pueden reducirse a los recursos naturales que el país tiene para ofrecer. Reducir la inserción argentina a su perfil exportador primario —litio, soja, gas, petróleo— es reproducir en clave geopolítica la misma lógica que históricamente nos ha mantenido en el eslabón débil de la cadena. Belgrano lo advertía en 1802: un país que solo vende lo que extrae de la tierra transfiere riqueza al que lo transforma. Si Argentina solo se limita a ser proveedor de litio sin procesamiento propio para las baterías fabricadas en China, por ejemplo, habrá cambiado de cliente pero no de condición estructural. La dependencia es la misma pero con otro amo.

La tradición del pensamiento nacional argentino entendió esto con diferentes énfasis y en distintos momentos históricos, pero con una coherencia de fondo que vale la pena recuperar. Hemos mencionado a Belgrano como uno de los primeros en plantear que la verdadera riqueza está en el trabajo que transforma la materia prima, no en la materia prima en sí. Luego el pensamiento de aquellos primeros libertadores fue recogido por el pensamiento federal en el cual encontramos en Rosas un fiel exponente quien implementó políticas proteccionistas, como la Ley de Aduanas de 1835, para defender la industria artesanal y resistió bloqueos de flotas extranjeras para proteger la soberanía de la Confederación. Posteriormente pensadores dentro del Partido Autonomista Nacional (PAN), como Carlos Pellegrini y Osvaldo Magnasco, propusieron proyectos de industrialización y educación técnica, advirtiendo que la Argentina no debía ser solo "una granja". En los años 30 tenemos a pensadores como Raúl Scalabrini Ortiz o Arturo Jauretche que denunciaron la entrega del país al imperialismo británico. Luego todo este rico pensamiento nacional fue retomado con Perón.

Con el peronismo entre 1946 y 1955, Argentina protagonizó la experiencia industrializadora más ambiciosa de su historia hasta ese momento. Bajo la conducción del general Manuel Savio se fundaron SOMISA y Altos Hornos Zapla, dando inicio a la siderurgia nacional. En 1951 se creó IAME —Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado— que fabricó desde el avión a reacción Pulqui II, el primero de América del Sur, hasta automóviles como el Justicialista, motocicletas como la Puma y tractores. YPF amplió sus capacidades y Gas del Estado construyó los grandes gasoductos que transformaron el acceso a la energía en hogares e industrias. No solo era política económica, significaba la comprensión de que sin base industrial propia no hay soberanía real.

El desarrollismo de Frondizi y Frigerio, que vino después, profundizó esa lógica con otro enfoque —apostando al capital extranjero como palanca para la industria pesada— pero partía del mismo diagnóstico estructural: sin industria Argentina no tiene proyecto de nación sostenible.

Un país de las dimensiones de Argentina —por su población, su extensión territorial, su diversidad geográfica y su tradición científica— no puede prescindir de la industria. Sin ella no hay soberanía real, no hay capacidad de negociar en serio, no hay posibilidad de sostener políticas orientadas al bienestar del pueblo más allá de los ciclos de los commodities.

Sobre esa base material, una estrategia de inserción inteligente en el mundo multipolar debería articularse en torno a dos principios que no son negociables y que, crucialmente, se refuerzan mutuamente.

El primero: la política exterior debe basarse en el interés nacional, entendido como las grandes coincidencias que trascienden los gobiernos y que tienen como sujeto y destinatario al pueblo. No los intereses de una fracción política, no los de un sector económico concentrado, no los de una potencia extranjera con la que se simpatiza ideológicamente. El pueblo, en su sentido más amplio e inclusivo. Esto implica construir consensos mínimos entre fuerzas políticas diversas —algo extraordinariamente difícil en Argentina, pero no imposible— sobre los lineamientos básicos de la relación con el mundo.

El segundo: respeto irrestricto por la soberanía de los Estados, la autodeterminación de los pueblos y el pluralismo ideológico, exigiendo reciprocidad. Se trata no solo de un principio ético, sino también estratégico. Justamente porque Argentina respeta la diversidad política de sus interlocutores, puede relacionarse simultáneamente con China, con Rusia, con Europa y con Estados Unidos sin que ninguno le exija exclusividad. El no alineamiento no significa una neutralidad pasiva, debe entenderse como una postura activa que busca preservar para el país la libertad de movimiento.

Estos dos principios describen algo que Argentina tuvo en momentos de su historia y que perdió: una política exterior de Estado, pensada más allá de los cuatro años de un mandato, construida sobre intereses permanentes y no sobre las simpatías del gobierno de turno. Como escribió Arturo Jauretche, un pensamiento genuinamente nacional es la condición previa de cualquier política que sirva al pueblo. Sin ese sustrato, la inserción internacional siempre será reactiva, siempre estará corriendo detrás de los que sí piensan en largo.

VI. El desafío real: una nueva política exterior con raíces propias

Todo lo expuesto anteriormente —la inserción multipolar inteligente, el no alineamiento estratégico, la construcción de una base industrial soberana— requiere continuidad. Requiere que los lineamientos centrales de la política exterior sobrevivan a los cambios de gobierno. Lamentablemente eso, en Argentina, es históricamente el principal problema. Es necesario que el arco político argentino lo supere y construya políticas de Estado que trasciendan la lógica electoral, las diferencias y busquen las grandes coincidencias.

Hay razones concretas para pensar que el nuevo contexto global puede generar presiones que fuercen cierta racionalización. Cuando el mundo cambia tan profundamente y tan rápido como está cambiando hoy, la improvisación permanente se vuelve más costosa. Los países que no tienen una estrategia de largo plazo llegarán demasiado tarde.

Argentina puede y debe aprender de su historia, ya que en ella tiene una enorme tradición y pensamiento que vale la pena retomar y aplicar con todas las letras. La respuesta a cómo debe insertarse Argentina en un mundo con múltiples centros de poder ya fue elaborada, hace más de setenta años. Frente a la alternativa bipolar que emergió de la Segunda Guerra Mundial, Perón formuló la Tercera Posición como una concepción política original que rechazaba la lógica de los bloques y proponía que Argentina encontrara un lugar propio en el mundo a partir de su propio interés, su propia soberanía y su propia cultura. Era una postura activa, dinámica y superadora del esquema bipolar que articulaba justicia social, independencia económica y soberanía política como un todo indivisible.

El principal escollo que encontró fue el momento histórico. Perón la formuló cuando el mundo se cerraba en el esquema bipolar más rígido de la historia moderna y existía una fuerte presión de los bloques sobre los países que intentaban salir del esquema. El golpe de 1955 y la consolidación de la Guerra Fría clausuraron el experimento antes de que tuviera un despliegue completo.

En la actualidad el escenario es muy distinto. El mundo que está emergiendo no tiene dos caras sino muchas. En este mundo, el no alineamiento, la diversificación de socios y la preservación de la libertad de movimiento no son solo posibles, son la estrategia más racional disponible para un país con el perfil de Argentina. El mundo multipolar es, podríamos decir, la habilitación histórica tardía de lo que la Tercera Posición necesitaba para funcionar.

En conclusión, Argentina no tiene que inventar nada, solo tiene que recuperar una tradición propia, actualizarla al siglo XXI y tener la madurez política para sostenerla más allá de los gobiernos. Porque el nuevo orden multipolar no espera, y la historia la escriben los pueblos que deciden escribirla.

Referencias bibliográficas